Con o sin coronavirus, la moda vuelve al taller de costura

Fuente: Clarín ~ Hace pocas semanas, se viralizó una serie de fotos de la ex estrella de las pasarelas Naomi Campbell en un aeropuerto. Causó furor. Se la ve íntegramente tapada con un overall como el que usan los médicos, y otros elementos para la profilaxis. Una síntesis perfecta de la moda en tiempos del coronavirus. En este mundo, hoy sin glamour, hay estupor y estrategias para sobrevivir y pensar en lo que vendrá.

“La sociedad cambia y el contexto del coronavirus cambia radicalmente los modos de habitar, por eso es tan interesante la disciplina proyectual”, observa Andrea Saltzman, titular de Diseño (FADU- UBA), y subraya que “nosotros somos cuerpos vestidos, y los modos de vestirnos implican modos de interactuar con el mundo”. Al revisitar las metamorfosis reiteradas, vistas desde que empezó la propagación del Covid-19, que ahora incluyen cubreboca, y en algunos casos también guantes y antiparras, es inevitable pensar cómo será la vestimenta más allá de la persistencia del virus y también si habrá modificaciones ya no solo en el modo de producción sino también en la manera de transmitir los saberes del diseño. “El futuro es hoy, y tenemos que ficcionar nuevamente el presente: cómo voy al supermercado, cómo me saludo con el otro, cómo me encuentro, cómo me saco la ropa cuando llego a casa, cómo me siento confortable, porque necesitamos ver qué nuevos personajes construimos entre ese exterior e interior y cómo nos cubrimos” comenta la autora de La metáfora de la piel.

Ante el avance del coronavirus la industria de la moda resultó ampliamente afectada en todo el mundo. Innumerables fábricas y talleres cerraron, creció la desocupación, cayeron las ventas y se complicó la cadena de pagos. En nuestro país todavía no fueron habilitadas las tiendas de vestimenta y calzado, y aunque es posible el comercio electrónico también implica una logística y un modo no del todo asimilado por los protagonistas de este sector. El futuro inmediato tampoco parece demasiado auspicioso; de acuerdo a una encuesta realizada, en abril, por la Cámara Industrial Argentina de la Indumentaria (CIAI) a más de 160 empresas del sector; el 74% afirmó que volver a los niveles previos a la pandemia demorará al menos 5 meses o más, el 16% sostuvo que podrían ser 4, mientras que solo un 10% consideró que llevará 3. Así y todo, el reverso de esta coyuntura puede ser paradójicamente esperanzador, porque, durante esta crisis, de una vez por todas, se evidenció que el sistema de la moda manifiesta una imperiosa necesidad de transformación con implicancia en la producción, comercialización y consumo.

Hubo cambios notorios. Las tradicionales semanas de la moda (fashion week) para presentar colecciones se están viviendo en plataformas digitales. Así se hicieron las de Shangai, Moscú y México, y lo mismo sucederá en Londres, París, Milán y también en Buenos Aires, con las consiguientes reducciones de costos y disminución de riesgos para los trabajadores y los asistentes. En ese sentido, también quedó demostrado que el parate comercial detuvo el frenesí de una industria catalogada como una de las más contaminantes del planeta, causante de polución por el uso de sustancias dañinas para el ecosistema y generadora de enormes volúmenes de residuos textiles, uno de los temas más preocupantes para los conglomerados urbanos en todo el mundo. La ecuación es beneficiosa para el medioambiente y por ende para todos los seres que lo habitan ya que a donde había amontonamientos de consumidores ahora hay menos toxicidad y especies animales que se animaron o volvieron a sus antiguos territorios.

Premonitorio. Presentación de la colección de Jean Paul Gaultier en París, el 22 de enero durante la Fashion week. En ese momento, Gaultier, anunció que después de 50 años de trabajo abandoba las pasarelas. Foto: EFE/EPA/YOAN VALAT

“En este momento estamos aprendiendo que, en circunstancias extremas, podemos reaccionar en sincronía por el bien común, y el impulso de ser altruistas y actuar con amabilidad está dentro de muchos de nosotros” dice desde Londres, Orsola de Castro, fundadora del Fashion Revolution, movimiento surgido tras el derrumbe de Rana Plaza, en Bangladesh, en 2013, catástrofe que implicó la muerte de más de 1100 personas que trabajaban para firmas de indumentaria en condiciones infrahumanas. Por eso, para esta organización, la idea de revolucionar la moda está en motivar a los consumidores a preguntarse cómo está hecha la ropa que compran y analizar, además, cuáles son los niveles de transparencia de las grandes marcas. ¿Puede cambiar el sistema de la moda? “No lo sé, pero tengo curiosidad, y hay tanto sentido de propósito y creatividad en las próximas generaciones de diseñadores, que espero que esto sea igualado por las de consumidores”, observa De Castro, y agrega: “Lo que sí sé, es que los usuarios de ropa, tenemos que beneficiarnos de la moda y no al revés”.

Laura Zambrini, doctora en Ciencias Sociales, cree que la situación provocada por el coronavirus tiene que ver con el cambio climático y con una saturación absoluta del orden industrial. Justamente para la investigadora (UBA-Conicet), el foco ahora está puesto en el capitalismo algo que no solían incluir los análisis basados en la sostenibilidad. “Esto se le está yendo de las manos a los seres humanos, la cultura occidental se asentó en esta dicotomía naturaleza/cultura con una sobreimposición de la primera por la segunda, y parte de lo que pasa ahora tiene que ver con no poder controlar algo del ‘orden natural’”, explica. Y tal cual lo demostró, recientemente, el diseñador italiano Giorgio Armani, no solo desde el ámbito académico se reflexiona y se explicita el cambio a gritos que parece pedir la industria a nivel global. “Ya no quiero trabajar así, es inmoral” dijo en una columna de opinión en la legendaria publicación Women’s Wear Daily, donde además aludió a la obsolescencia programada de la indumentaria y a la mala costumbre que tomaron las marcas de lujo al copiar el modo de trabajo de la denominada fast fashion, que realiza cada vez más líneas de ropa por temporada y abarata los costos de producción para maximizar las ganancias de los empresarios, entre otras cuestiones.

Clientes en la cola esperando la apertura del local de Zara en la Rue de Rivoli de París, el 11 de mayo. Foto: Adrienne Surprenant/Bloomberg

Armani además fue una de las primeras firmas en reaccionar frente al coronavirus al realizar la presentación de temporada sin espectadores, y al ser pionera en fabricar delantales y batas para los hospitales. Otras de las expresiones solidarias en estos últimos días fueron las de Gucci y Fendi -algo así como la representación de la dinastía de la moda en Italia- que también pusieron su capital humano manos a la obra para producir miles de barbijos e indumentaria sanitaria. Además, la Cámara de la Moda de ese país organizó una recolección de aportes monetarios para jóvenes diseñadores. Algo similar pasó en Nueva York -hasta el momento la ciudad más golpeada por el virus- donde Anna Wintour la célebre directora de la revista Vogue se unió al Consejo de Diseñadores de Moda de América (CFDA) para formar A common thread, un fondo de ayuda para creadores noveles y marcas pequeñas, con el que ya recaudaron 4,1 millones de dólares para los postulantes. Aunque el caso de Chanel es quizás el más paradigmático por estos días, ya que decidió llamarse a silencio en las redes sociales -durante al menos dos semanas- hasta que emitió un comunicado explicando la decisión de la firma de mantener sus tiendas y fábricas cerradas, cumplir con el pago de los salarios y no recurrir a la ayuda estatal de Francia. De acuerdo a las reacciones que las diferentes marcas tuvieron en todo el mundo, Laureano Mon, con amplia trayectoria en análisis de tendencias sociales y cofundador de The Sprout Studio, indica que “si la preocupación es qué estética se va a usar, no se entendió nada, porque la pregunta no es esa, sino qué rol va a cumplir la indumentaria en esta nueva normalidad”, expone, desde París, y además puntualiza en el error de las firmas “que no entendieron el momento emocional que se está viviendo y siguieron comunicando en sus redes sociales como si nada pasara, sobre las carteras que nadie iba a comprar”. En términos de la transformación que podría darse, Mon reflexiona; “si va a emerger más empatía sobre los sentimientos de los consumidores, espero que la moda empiece a eliminar el discurso elitista, del viejo paradigma, que causa frustración en la gente”.

Una mujer camina por la exposición al aire libre “Fotografía de Karl Lagerfeld”. La retrospectiva” en el Museo de Arte de Moritzburg en Halle, Alemania, el viernes 22 de mayo de 2020. La exposición reúne más de 400 fotografías del director creativo, diseñador de moda, artista, fotógrafo y caricaturista alemán que vivió en París y murió el año pasado. Foto: AP Photo/Jens Meyer

“Hay algo de lo sanitario, de lo aséptico, de la protección, que va a ser fuerte a futuro, y creo que al nivel de las materialidades pueden tener impulso aquellas que son más limpias y antisépticas, como una nueva capa de ropa, para una nueva ocasión de uso”, analiza Mon, y reconoce dos cuestiones fundamentales: una es que los materiales van a apuntar más a lo smart, a modificar la composición de los textiles, y además que “las empresas de moda van a tener el desafío de garantizar que la trazabilidad de sus prendas está libre de virus”. Es decir, a la exigencia sostenible para que expliquen cómo desarrollaron una colección en cuanto a recursos humanos y naturales, ahora se podría sumar “cómo garantizar, además, que los productos se hacen en un marco de sanidad y que se van a distribuir en óptimas condiciones”, indica. En la misma línea para Zambrini: “la asociación entre moda, sustentabilidad y salud va a ser un gran desafío para el diseño, ya no va a ser la función estética sino protectora y con cierta prestación que tiene que ver con lo saludable y seguramente a futuro -reflexiona- los textiles inteligentes vayan a tener más protagonismo, lo que implica quiénes podrán acceder a estas nuevas fibras, porque no va a ser nada democrático”.

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